«Blanco» (2016) es una novela breve pero profundamente evocadora, escrita por la autora surcoreana Han Kang, reconocida internacionalmente por obras como «La vegetariana» y «Actos humanos» y recientemente Premio Nobel de Literatura (2024). Publicada originalmente en coreano bajo el título 흰 (White), la obra se inscribe dentro de una narrativa poética y fragmentaria que desborda los márgenes de una novela tradicional.
El libro surge de una residencia en Varsovia, donde la autora comienza a escribir una serie de reflexiones en torno al color blanco, convirtiéndo en un vehículo para explorar temas como el duelo, la pérdida, la memoria y la fragilidad de la existencia.
La experiencia de leer este libro se puede traducir en una cita del libro, “Como las palpitaciones inquietas de un alma”. Cuando la muerte es más larga que la vida y el espacio de un recuerdo que no nos pertenece, es afilado y penetra en nuestro pecho, hasta hacer el dolor parte del cuerpo y de las manos que sostienen el libro. Existen muchas formas de vivir el duelo, muchos tipos y muchas tristezas que caben en esa herida.

Una experiencia narrativa inmersiva que se construye palabra a palabra y que se complementa con una serie de fotografías que, protagonizadas por la autora, dan un dinamismo tridimensional al libro. A lo largo de tres capítulos —»No Vida», «La Llamada» y «Consolación»—, Han Kang construye una quimera articulada por una lista de objetos, elementos y sensaciones asociados al blanco.
Desde ahí, la autora teje una red de significados en torno al dolor, el silencio y el acto mismo de escribir como forma de duelo y resistencia. La reflexión de esta obra nos sumerge en una experiencia que nos abraza en un espiral de miedos, melancolía y ternura. Pero es un vacío que acompaña. «Blanco» nos acerca de una forma única a la sensible y personal experiencia del duelo, un espacio doloroso del que Han Kang nos hace parte desde una sensibilidad llena de belleza.
Una voz que se retira para dejar hablar al vacío
Uno de los aspectos más singulares de «Blanco» es su forma fragmentaria y contenida, que desafía las estructuras narrativas tradicionales. Han Kang opta por escribir en tercera persona, a pesar de que el relato está íntimamente vinculado con su propia experiencia, lo que genera una distancia deliberada entre la narradora y el dolor que rememora.
Esta elección estilística permite observar el duelo desde un lugar de contemplación, casi como si la autora se desplazara fuera de sí para poder nombrar lo innombrable. La prosa es delicada, compuesta por pasajes breves, a menudo poéticos, que se leen como meditaciones o suspiros contenidos. Las pausas, el silencio y los espacios en blanco entre los fragmentos adquieren tanto peso como las palabras mismas, evocando la ausencia como materia narrativa. Es una escritura que no busca explicar, sino acompañar; que no grita y en la calma deja espacio para que el lector también recuerde, imagine o duela.
Relatos que transitan entre contrastes de luz y oscuridad, como un viaje en escala de grises que reflexiona sobre la experiencia humana: vivir en la precariedad, atravesar la guerra, y aprender a construir desde el olvido como forma de protección ante el miedo de sentir. La escritura nos conduce a un estado de trance, donde las emociones se disocian de lo real, aunque al final, queda la pregunta: ¿qué es el dolor?
Espacios para reminiscencias, parar, observar y respirar profundo. Han Kang pone en palabras lo que a veces no se puede decir, lo que se atora en la garganta y se transforma en nudos de lágrimas secas en el pecho, que luego se expande y pesa al caminar. Tener la certeza que lo que se amó, ya no está más.
Como escribe Han Kang, “Hay ciertos recuerdos que permanecen a los estragos del tiempo y a los del sufrimiento. No es cierto que todo esté teñido por el tiempo y el sufrimiento. No es cierto que lo arruinen todo.” ¿Puede existir la permanencia, incluso en la ausencia?

