Estamos acostumbrados a las adaptaciones festivas sobre el famoso arquero de Sherwood, repletas de bosques verdes, sombreros con plumas y robos para repartir botines entre los desprotegidos. Sin embargo, el director Michael Sarnoski («Pig») decide ignorar por completo ese retrato alegre en «La Muerte de Robin Hood».
En lugar de un justiciero carismático y sonriente, la película presenta a un hombre viejo, cansado y marcado a fuego por una vida entera dedicada a la violencia. Esta propuesta comparte afinidades visuales y temáticas con el cine de folclore oscuro de Robert Eggers, apostando por una atmósfera áspera que huye por completo del artificio comercial.

Deconstrucción del folclore
Desde el arranque, la fotografía en celuloide de 35 milímetros firmada por Pat Scola impregna cada plano de una textura terrenal y sucia. Las locaciones naturales de Irlanda muestran un paisaje invernal cubierto de niebla densa, barro espeso y humedad constante. Sarnoski construye un universo donde la naturaleza castiga físicamente a quienes se atreven a cruzar sus caminos.
Cuando la violencia irrumpe en la pantalla, se aleja de cualquier esteticismo coreografiado o limpio; los golpes duelen de verdad, las armas cortan sin elegancia y la sangre brota de forma caótica. La historia expone sin filtros que las leyendas siempre dejan atrás una estela de víctimas reales que las canciones populares prefieren callar por conveniencia.

La redención y el remordimiento
La trama arranca cuando un viejo camarada, Little John, interpretado por Bill Skarsgård («Nosferatu»), busca a Robin para pedirle ayuda con el rescate de una granja. Ese enfrentamiento inicial desencadena un ataque sumamente sangriento que deja al protagonista gravemente herido.
Abandonado tras el caos, Little John traslada a Robin hasta el monasterio de St. Clement, situado en una isla rocosa de Irlanda del Norte. Allí entra en escena la hermana Brigid, a quien da vida Jodie Comer («Killing Eve»). Comer aporta una mezcla de inteligencia práctica y sobriedad que frena el carácter hostil del arquero. Lejos de santificar al personaje, Brigid ofrece cuidados médicos sin intentar limpiar los crímenes del pasado, obligando al protagonista a contemplar las ruinas de sus actos.

El reparto secundario aporta matices muy interesantes a este aislamiento. Murray Bartlett («The Last of Us») aparece bajo capas de prótesis interpretando a un leproso cautivador, mientras que actores jóvenes como Faith Delaney («Hamnet») aportan naturalidad a los huérfanos que habitan el refugio. Entre estos muros silenciosos, Robin entabla un vínculo con una niña a la que enseña los rudimentos del arco, un proceso que activa sus recuerdos más oscuros sobre las familias que destruyó en su juventud.
Las melodías folk compuestas por Jim Ghedi acompañan este doloroso descenso al remordimiento mediante acordes sobrios, permitiendo que el soplido del viento y el crujir de la madera marquen el ritmo del metraje.
El ocaso del antihéroe
Hugh Jackman («Las Ovejas Detectives») carga con el peso absoluto de la producción mediante una interpretación completamente despojada de vanidad. Su versión de Robin Hood encarna a un anciano destrozado por los años, cubierto de cicatrices y consumido por el remordimiento de haber convertido el asesinato en su principal medio de supervivencia.
Jackman transmite un dolor genuino a través de silencios prolongados y miradas vacías que recuerdan inevitablemente a su trabajo en «Logan», aunque aquí traslada esa fatiga física hacia un terreno espiritual mucho más íntimo. El actor humaniza a un monstruo de leyenda que ahora solo busca un respiro antes de que la muerte lo alcance de forma definitiva.

Sarnoski cuestiona con inteligencia la forma en que la sociedad distorsiona la realidad para convertir a un criminal despiadado en un símbolo de esperanza colectiva. La narración plantea una duda incómoda sobre la posibilidad real de redimir a alguien cuyas manos solo sembraron destrucción a lo largo de décadas. Aunque el ritmo decae durante el segundo acto debido a pasajes excesivamente contemplativos y pausas narrativas amplias, el pulso del director sostiene el interés general.
«La Muerte de Robin Hood» se desmarca de las reglas del género y castiga las expectativas de quienes buscan una aventura medieval convencional y ligera. Lo que plantea la película va mucho más allá de mostrar el final físico del famoso arquero; busca sepultar el mito que durante generaciones inspiró a personajes de los cómics como «Flecha Verde» y a un sinfín de adaptaciones para la gran pantalla. La historia cierra con una secuencia final de una gran carga simbólica, donde soltar el arco se convierte en la metáfora perfecta de dejarse ir con la misma naturalidad con la que vuela una flecha.

