El estreno de «Las catadoras», dirigida por Silvio Soldini, marca un hito en la carrera del cineasta italiano al aventurarse por primera vez en el drama de época. Basada en el fenómeno literario de Rosella Postorino —inspirado a su vez en el testimonio real de Margot Woelk—, la película nos sitúa en noviembre de 1943. Mientras el Tercer Reich comienza a desmoronarse bajo el avance del Ejército Rojo y las bombas aliadas sobre Berlín, el relato se refugia en la claustrofobia de la «Guarida del Lobo» en Prusia Oriental.

La cinta, proyectada como apertura en el Bari International Film&TV (Bif&st), no es un drama bélico convencional. Es una exploración sobre la violencia sistemática y el «engaño colectivo» del nazismo, donde un grupo de mujeres jóvenes se convierte en el último escudo biológico de un dictador invisible pero omnipresente.
El bocado del miedo: estética y atmósfera
Soldini, junto a un equipo de guionistas de primer nivel (como Cristina Comencini y Giulia Calenda), construye una narrativa que descansa en la mirada de Rosa Sauer (Elisa Schlott). La imagen que se graba a fuego en el espectador es la de estas siete mujeres dispuestas alrededor de una mesa, bajo la vigilancia de las SS (Schutzstaffel; escuadrones de protección) y un cocinero que detalla los caprichos del Führer con una normalidad aterradora.

El director de fotografía Renato Berta realiza un trabajo excepcional al dotar a las imágenes de una tonalidad marrón y ocre. Esta paleta no solo evoca el cine bélico clásico de los años setenta, sino que refuerza la sensación de una realidad marchita y estancada. Cada bocado de comida, que debería representar vida, se siente como una sentencia de muerte en suspensión; un ritual donde el placer ha sido extirpado para dar paso a la paranoia.
La zona gris y el cambio de conciencia
La trama se complica cuando Rosa, ante la desaparición de su marido en el frente ruso, inicia una relación secreta con el teniente de las SS Ziegler (Max Riemelt). Es a través de este oficial, atormentado por la brutalidad de sus propias acciones, que Rosa comienza a vislumbrar la verdadera magnitud del horror nazi. Si bien la crítica internacional ha señalado que este cambio de conciencia en los personajes podría haber tenido una profundidad mayor en el guion, la tensión se mantiene gracias a la proximidad del «mal puro», que permanece invisible tras las alambradas del bosque de Wolfsschanze.

Como ocurre en obras contemporáneas del nivel de «La zona de interés» (Jonathan Glazer), la barbarie ocurre fuera de campo, pero su sombra se proyecta sobre cada plato servido. El clímax, marcado por el atentado fallido contra Hitler en julio de 1944 y la revelación de una judía oculta entre las catadoras, acelera un desenlace que pone a prueba la hermandad forjada entre Rosa y la distante Elfriede (Alma Hasun).
Un espejo del presente
Soldini no solo mira al pasado; su película dialoga con la actualidad. Al retratar a estas mujeres como víctimas de una «despiadada alucinación masculina», el filme resalta cómo la opresión y la violencia contra el cuerpo femenino son constantes históricas que persisten más allá de 1945. La referencia al providencialismo de los líderes que sobreviven a ataques, un eco que el propio director vincula con eventos políticos globales recientes, otorga a «Las catadoras» una relevancia contemporánea urgente.

En definitiva, esta coproducción entre Italia, Bélgica y Suiza es un ejercicio de memoria necesario. Nos recuerda que, en todas las guerras, la supervivencia suele ser un acto de complicidad involuntaria y que, a menudo, el mayor acto de resistencia es simplemente conservar la humanidad en medio del delirio colectivo.

